¿Quién es MÖMÖ?

Siempre tuve pilas de papel.

Post-its, libretas, paquetes de hojas de colores. Apilados, ordenados, perfectos. Y no los tocaba. Me daba cosa usarlos porque eran demasiado bonitos para malgastarlos en cualquier cosa. Esperaban una razón suficientemente buena.

La encontré con 13 años. Un día empecé a doblar. Sola, con un libro y mucha paciencia. Sin nadie que me enseñara. Y cuando el primer módulo encajó con el segundo y de repente aquello tenía forma, simetría y aristas limpias… entendí que había encontrado para qué servía mi papel.

Empecé con cubos, cajas, figuras. Las regalaba, las vendía. Y seguía doblando — porque hay algo en el origami modular que me engancha a un nivel casi irracional: que todo tiene que encajar. Que no hay trampa. Que la pieza o es exacta o no funciona.

Después vinieron otros años. La carrera, el trabajo, ser madre. El papel quedó guardado.

Hasta hace dos años.

Fue un momento de los que te obligan a parar. De preguntarte qué te queda cuando quitas todo lo que no elegiste. Y lo que me quedó — lo que siempre había estado ahí — eran mis manos doblando papel.

Esta vez quería algo más. Quería que las piezas vivieran en otros hogares, que la gente se parara delante de ellas y preguntara: ¿esto está hecho a mano? ¿todo? No piezas silenciosas. Piezas que dicen algo desde el otro lado de la habitación.

Y entonces descubrí la parte que más me enganchó: la personalización. Cuando una pieza lleva el nombre de alguien, su fecha, sus iniciales — deja de ser una obra y se convierte en algo suyo de verdad. Eso cambió todo para mí.

Sigo siendo la misma persona que de pequeña no quería gastar sus papeles en cualquier cosa. Solo que ahora ya sé exactamente para qué son.

Si no vibra, no es MÖMÖ.

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